lunes, 27 de abril de 2009

EN LAS VISPERAS: LO QUE LA HABANA NO DA; LO QUE WASHINGTON NO PIDE.

A.M.

En el tema, -dolorosamente actual-, de las libertades conculcadas a cada persona en Cuba por un sistema totalitario que preserva su existencia precisamente de ese modo, cabe meditar sobre la esencia de tales libertades y el modo en que estas no pueden ser consideradas por el propio regimen como piezas de canje para ninguna aspiración a la sobrevivencia, basada esta en una aceptación, por otras partes, de la propia naturaleza del sistema.

El sistema totalitario no puede otorgar ninguna libertad, so pena de perderse a si mismo como estructura de poder. La misma eterna diatriba filosófica entre libertad y determinismo se aplica aquí, como una variante memética, a la situación cubana. Mientras que para un interlocutor en busca de zanjar un diferendo histórico, como lo es sin lugar a dudas la confrontación entre Estados Unidos y Cuba, la parte estadounidense no tendrá más remedio que reducir sus ambiciones democráticas con respecto a posibles negociaciones con el regimen comunista cubano, porque en realidad su modelo no tiene ninguna cuenta de vidrio que pueda ser aceptada por la otra parte sin peligrar su propia sobrevivencia.

El sistema comunista es, por tautología, una doctrina y a la vez un aparato, es decir, su propia definición en términos de lenguaje es mecánica, obedece a razones deterministas de su propia esencia. Está hecho para durar, y a la vez, es esencialmente vulnerable. Como en el caso de las viejas culturas doctrinarias, basa su expansión y su duración en la replicación inalterable de sus principios y a la vez en la aplicación de medidas constantes para evitar que la herejía cause el más mínimo y temido deterioro. La primera función corresponde al adoctrinamiento; la segunda a la represión.

La libertad inmediata de elegir electoralmente es la más odiosa e impensable de las ideas virales que pueden destruir la doctrina-aparato. En la mentalidad horizontal del jerarca supremo que controla la supervivencia del sistema, cabe solo formular la variación memética que contrarreste el peligro electoral. La primera frase es oportuna y doctrinaria: "¿Elecciones para qué?", y va seguida de un razonamiento de la libertad de elegir como una falacia pequeño-burguesa, que es la propia antinomia que sostiene la doctrina marxista.

La segunda solución del primer problema antagónico a la supervivencia del estado comunista es legalizar la idea de un solo partido y un modelo electoral cerrado, donde se juzgue la meritocracia y no la confrontación ideológico-política entre el poder y sus adversarios. Por el contrario, el modelo ilegaliza de inmediato cualquier oposición (contrarrevolución), e incuso cualquier herejía doctrinaria (microfracción), con un interesante proceso de descalificación en términos de lenguaje que va integrando memes mmuy definidos en la sociedad cubana: revolucionarios vs. gusanos; patriotas vs. apátridas, etc., que rápidamente son copiados dentro del marco de sistemas populistas que ncesitan replicar el modelo original como única via de perpetuar el poder político en sus respectivas geografías.

Las demás libertades, de expresión, de movimiento, de propiedad y comercio, etc. son supeditaciones al primer gran problema resuelto, que es la eliminación de toda legalidad antagónica. La resistencia del jerarca comunista cubano, hasta su actual posición de francotirador tras el teatro gubernamental que pretende negociar a cambio de ventajas económicas y políticas en un momento coyuntural por excelencia en el marco de la democracia estadounidense, parece que busca ganar tiempo para ablandar las exigencias del viejo enemigo, mientras busca una solución de doble estándar para Cuba, siguiendo los modelos chino o vietnamita.

La existencia de primeras comunicaciones directas entre funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos con funcionarios de la representación cubana en Washington, D.C., parecen ofuscar la retórica inicial del gobierno de Barack Obama en cuanto a los gestos que se demandan de La Habana para un arreglo pleno entre ambas naciones. Las palabras políticas sirven, generalmente, para subir la parada en términos de "hasta donde se puede llegar", para en caso de no ganar la partida, por lo menos quedar tablas.

El viejo dictador cubano ve con ojo aguzado la tramoya de una administración empeñada en dejar una huella histórica de cambio a lo largo y ancho de su país y por supuesto, a escala internacional. Los gestos hablan por si solos, y la intención de diálogo también serviría a Obama para aplacar a sectores productores nacionales, acosados por una severa crisis económica. La ecuación es simple: El sistema no puede perecer por arte de birlibirloque; pero el adversario parece dispuesto a dar todas las concesiones por el espejismo de un dudoso fruto a largo plazo, la transformación de la doctrina-aparato del marxismo por medio del virus memético de la democracia.

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